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Elpis Israel - Capítulo 2 (continuación)
EL HOMBRE A LA IMAGEN Y SEMEJANZA DE LOS ELOHIM "Le has hecho poco menor que los ángeles" Las Escrituras dicen que los hombres y las bestias "un mismo aliento [ruach] tienen todos; no tiene preeminencia el hombre sobre la bestia". La razón asignada para esta igualdad es la unidad del espíritu de ambos, lo cual queda demostrado por el hecho de su destino común; como está escrito, "porque todo es vanidad"; es decir, "todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo al polvo volverá". No obstante, este solo espíritu manifiesta sus tendencias de manera diferente en los hombres y en las otras criaturas. En los primeros, es ambicioso y desobediente a Dios, regocijándose en sus propias obras y dedicado a la vanidad del momento pasajero; mientras que los segundos, su disposición es servil a la tierra en todas las cosas. De este modo, el corazón del hombre es "engañoso... más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?" Salomón se sintió impulsado a exclamar: "¿Quién sabe si el espíritu de los hijos de los hombres [ruach beni headam] sube a lo alto, y si el espíritu del animal desciende a lo hondo de la tierra?" (Eclesiastés 3:19-21). Podemos responder: "Nadie, excepto Dios solamente"; él sabe lo que hay en el hombre, y no tiene necesidad de que nadie le dé testimonio de él (Juan 2:25). Pero, por este testimonio, alguien podría inferir que, como el hombre fue hecho sólo "un poco menor que los ángeles", y sin embargo "no tiene preeminencia el hombre sobre la bestia", la bestia también es sólo un poco menor que los ángeles. Sin embargo, ésta sería una conclusión muy errónea. La igualdad de los hombres y otros animales consiste en la clase de vida que poseen en común unos a otros. La vanidad, o mortalidad es todo lo que concierne a cualquier clase de carne viviente. Todo el mundo animal está sujeto a ella; y como afecta a todas las almas vivientes por igual, al traerlas de vuelta al polvo, ninguna especie puede reclamar preeminencia sobre la otra; porque lo que sucede a hombres y bestias "es lo mismo: como mueren los unos, así mueren las otras". Sin embargo, el hombre difiere de otras criaturas en que fue modelado conforme a una representación o patrón divino. En forma y capacidad fue hecho semejante a los ángeles, aunque de naturaleza inferior a ellos. Esto se desprende por el testimonio de que fue hecho "a su imagen y semejanza", y "un poco menor que los ángeles", o Elohim (Salmos 8:5). Digo que fue hecho a la imagen de los ángeles, como la interpretación del imperativo cooperativo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza". La obra de los seis días, aunque elaborada por el poder de aquel que "habita en luz", fue ejecutada por "sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutan su palabra, obedeciendo la voz de su palabra" (Salmos 103:20). A éstos se les llama Elohim, o "dioses" en numerosos pasajes. David dice: "Adórenle todos los dioses" (Deuteronomio 32:43 Septuaginta; Salmos 97:7), que Pablo aplica a Jesús, diciendo: "Adórenle todos los ángeles de Dios" (Hebreos 1:6). Entonces, el hombre fue hecho a la imagen y semejanza de los Elohim, pero, por una temporada, inferior en naturaleza. Pero la raza no siempre será inferior en este sentido. Está destinada a avanzar a una naturaleza mayor; no todas las personas, sino aquellos de la raza "que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo [la época futura] y la resurrección de entre los muertos... no pueden ya más morir, porque son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección" (Lucas 20:35, 36). La importancia de la frase "a la imagen y semejanza" es sugerida por el testimonio de que "Adán... engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set" (Génesis 5:3). En este sentido, Set estaba relacionado con Adán, tal como Adán lo estaba con los Elohim; pero diferían en esto, que la naturaleza de Adán y Set era idéntica; mientras que las de Adán y de los Elohim eran distintas. ¿Estaría alguien tan desorientado para saber el significado de que Set fuera a la imagen de su padre? Exactamente lo mismo significa que Adán fuera a la imagen de Elohim. Una imagen es la representación de alguna forma o figura; metafóricamente, puede significar el parecido exacto de un carácter a otro. Pero en el caso que tenemos delante, las partes no tenían carácter al tiempo de su nacimiento. Eran simplemente inocentes de trasgresión alguna; ninguna posibilidad se les dio para desarrollar el carácter. Sin embargo, los Elohim eran personajes de dignidad y santidad, además de tener una naturaleza incorruptible, o espiritual. Por lo tanto, el parecido de Adán con los Elohim como imagen de ellos era de forma corporal, no de un logro intelectual y moral; y pienso que esta es la razón de por qué a los Elohim se les llama "hombres" cuando las Escrituras de la verdad consignan sus visitas a los hijos de Adán. En forma física, Set era semejante a Adán; Adán semejante a Elohim, y los Elohim son la imagen del invisible Increado, el grande y glorioso arquetipo del universo inteligente. Set era también "a la propia imagen de Adán". Entonces, mientras que imagen hace referencia a la forma o figura, "semejanza" tiene que ver con la constitución mental, o capacidad. Por la forma de su cabeza, en comparación con otras criaturas, es evidente que el hombre tiene una capacidad mental que lo distingue de todas ellas. La semejanza de ellos con él es leve. Ellos pueden pensar; pero sus pensamientos sólo son sensuales. No tienen sentimientos morales, ni elevadas aspiraciones intelectuales, sino que son serviles en todos sus instintos, los cuales sólo se inclinan a tierra. En proporción, a medida que la cabeza de ellos asume la forma humana en la misma relación se superan en sagacidad; y, como en la tribu de simios, manifiestan una mayor semejanza con el hombre. Pero, revirtamos el caso; que la cabeza humana degenere de la perfección divina de los Elohim, el estándar de belleza en forma y características; que diverja hacia la imagen de un simio, y el animal humano deja de presentar la imagen y semejanza de los Elohim; más bien, la imbecilidad chillona de la criatura más se le parece en la forma. La capacidad mental de Adán lo facultaba para comprender y recibir ideas espirituales, las cuales lo impulsaban a la veneración, esperanza, rectitud, la expresión de sus ideas, afectos, y así sucesivamente. Set estaba capacitado para una manifestación semejante de percepciones intelectuales y morales; y de una asimilación del carácter con el de su padre. Por lo tanto, él era a la semejanza así como a la imagen de Adán; y, de la misma manera, ambos eran "a la semejanza de los Elohim". Pero, aunque Adán fue "hecho a la imagen y semejanza" de los "Santos", la similitud se ha deteriorado tanto que su posteridad muestra tan sólo una débil representación de ambas. La casi incontrolada y continua operación de "la ley del pecado y de la muerte" (Romanos 8:2) que los filósofos denominan "la ley de la naturaleza", la cual es un constituyente residente e inseparable de nuestro sistema actual, ha deformado considerablemente la imagen y borrado la semejanza a Dios que el hombre presentaba originalmente. Por lo tanto, requería la manifestación de un Hombre Nuevo, en quien reapareciera la imagen y semejanza, como en el principio. Éste fue "Jesucristo hombre", al que Pablo denomina "el último Adán". Él es "la imagen del Dios invisible" (Colosenses 1:15); "el resplandor de su gloria, y la imagen misma de sustancia" (Hebreos 1:3). De ahí que, en otro lugar, Pablo diga que él era "en forma de Dios" (Filipenses 2:6, 7, 8) y también "haciéndose semejante a los hombres, y hallándose en la condición de hombre". Siendo de este modo la imagen y semejanza del Dios invisible, así como del hombre, el cual, a su vez, fue creado a la imagen y semejanza de los Elohim, se hizo igual a Dios al afirmar que Dios era su Padre (Juan 5:18), aunque nacido de "carne de pecado". Siendo, de este modo, altamente relacionado por paternidad, imagen y carácter, no obstante, fue "hecho poco menor que los ángeles"; porque no se manifestó en la naturaleza superior de los Elohim, sino en la naturaleza inferior de la simiente de Abraham (Hebreos 2:16). Esta fue la primera etapa de su manifestación, así como la presente es de los santos que son sus hermanos. Pero él es el designado "heredero de todo, y por quien, asimismo, hizo el universo... Los mundos fueron formados por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue de lo que no se veía" (Hebreos 1:2; 11:3). Pero, dice el apóstol "todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas. Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra por el padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos" (Hebreos 2:8, 9). De este modo, habiendo sido abatido, y por este misericordioso propósito, ya no es más "poco menor que los ángeles". Él es igual a ellos en cuerpo; y hecho tan superior a ellos en rango, dignidad, honor y gloria "cuando alcanzó por herencia más excelente nombre que ellos" (Hebreos 1:4). En Jesús, entonces, resucitado de entre los muertos incorruptible, y vestido de fulgor como cuando fue transfigurado en el Monte Santo (Mateo 17:2), contemplamos la imagen y semejanza del Dios invisible. Cuando lo contemplamos por fe, ya que de aquí en adelante será por vista, vemos un RESPLANDOR del cual se refleja la gloria de Yahvéh en grandeza intelectual, moral y física. Aquel que quisiera conocer a Dios, debe observarlo en Cristo. Si él estuviese familiarizado con él como se le representa en los profetas y apóstoles, él entenderá el carácter de Dios, al que ninguno ha visto, ni puede ver; ¿quién acusó a sus ángeles de locura, y ante quién los cielos no están limpios? Jesús fue la verdadera luz que brillaba en las tinieblas de Judea, cuyos habitantes "no comprendieron". Por medio de él, Dios, que ordenó a la luz que brillara en las tinieblas, brilló en el corazón de todos los que lo recibieron; para darles la luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo; a fin de que pudieran recibir poder para llegar a ser los hijos de Dios, creyendo en su nombre (2 Corintios 3:18; 4:6; Juan 1:5, 12). Qué consolador y reconfortante es, entonces, entre todos los males del presente estado, que Dios haya encontrado un rescate que esté dispuesto y capacitado para liberarnos del poder del sepulcro; y no sólo eso sino que a "la manifestación de los hijos de Dios" (Romanos 8:17-25), cuando el aparezca en poder y gran gloria, "seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es" (1 Juan 3:2). Entonces los santos serán "transformados en esa misma imagen de gloria" (Versión Rey Santiago), ahora sólo es un asunto de esperanza, "en gloria", como se ha visto y en realidad se posee, "aun como el Señor" mismo fue transformado cuando llegó a ser "el espíritu que da vida", o "espíritu vivificante". EL CUERPO ESPIRITUAL "Hay cuerpo espiritual" El tema de esta sección es la segunda parte de la proposición del apóstol, que "hay cuerpo natural, y hay cuerpo espiritual". Se hallaba en su respuesta a algunos de los discípulos corintios, quienes, para vergüenza de ellos, no tenían conocimiento de Dios, y por lo tanto, tontamente preguntaron: "¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?" Él les mostró que el cuerpo animal tenía una relación similar con el cuerpo espiritual que la que tiene el grano desnudo con la planta producida conforme a la ley de su reproducción. Él explicó que antes de que una planta pudiera reproducirse a partir de una semilla, la semilla debe ser enterrada en el suelo, y morir, o descomponerse. Para el tiempo en que la planta ya está formada, todo vestigio de la semilla ha desaparecido de la raíz; no obstante, la identidad de la semilla con la planta no se ha perdido, ya que la misma clase de semilla reaparece en el fruto de la planta. La planta es el cuerpo secundario del cuerpo de la semilla, el cual es el primero. Hay diferentes clases de cuerpos de semilla; y también de cuerpos de simiente animal. Estas clases de simientes son cuerpos terrestres, y tienen su gloria en los cuerpos producidos a partir de ellos. Pero también hay cuerpos celestiales, cuya gloria es de carácter diferente. Es una luz que resplandece y centellea en la bóveda del cielo, como todo ojo puede verla. Esa es la ilustración del apóstol sobre la resurrección de los muertos; o, de qué forma resucitarán, y en qué clase de cuerpo saldrán. "Así también", dice él, "es la resurrección de los muertos". Nosotros estamos en esta etapa del grano desnudo. Morimos y somos enterrados, y entramos en corrupción, dejando atrás nuestro carácter escrito en el libro de Dios. Cuando nos descomponemos, sólo queda un poco de polvo, como el núcleo de nuestro futuro ser. Cuando llegue el tiempo para que resuciten los justos, entonces "aquel que levantó a Cristo Jesús de los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu", que actuará por medio de Jesús sobre el polvo de ellos, y moldeándolo a la imagen del Señor del cielo (Romanos 8:11; 2 Corintios 4:14). De este modo, como los Elohim hicieron al hombre a su propia imagen y semejanza, así el Señor Jesús, por el mismo espíritu, también re-moldeará del polvo a los justos de la posteridad del primer Adán a su propia imagen y semejanza. Esto es maravilloso, que por un hombre venga la resurrección de los muertos (1 Corintios 15:21). Ciertamente, se le puede llamar "Admirable" (Isaías 9:6). Una vez fue un bebé acurrucado en el pecho de la madre, y después el creador de miríadas de los que ahora son sólo polvo y cenizas, pero entonces iguales a los ángeles de Dios; e "hijos de la resurrección", de los cuales él mismo es "las primicias". Habiendo mostrado "cómo", o sobre qué principios resucitarán los justos, el apóstol nos da a entender que la "gloria" de ellos consistirá en el brillo; porque él cita el esplendor de los cuerpos celestiales como ilustrativo del de ellos. Esto nos recuerda el testimonio de Daniel, de que "los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que lleven a muchos a la rectitud, como la estrellas, por toda la eternidad" (Daniel 12:3). El Señor Jesús repite esto, al decir: "Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre" (Mateo 13:43), cuya seguridad también la revive Pablo en su carta a los santos de Filipos, diciendo: "Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el que transformará el cuerpo de nuestra humillación, para ser semejante al cuerpo de su gloria, mediante el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas" (Filipenses 3:20-21). Cuando morimos somos enterrados, o "sembrados", como tantas semillas en la tierra. Somos sembrados, dice el apóstol, "en corrupción", "en deshonra", "en debilidad", y con una naturaleza animal; pero, cuando resucitamos para heredar el reino, llegamos a ser incorruptibles, gloriosos, poderosos, y poseedores de una naturaleza espiritual, tal como aquella en la que se regocijan Jesús y los Elohim. Ahora bien, un cuerpo espiritual es tan material, o sólido y tangible, como el que poseemos ahora. Es un cuerpo purificado de "la ley del pecado y de la muerte". De ahí que se le denomine "santo" y "espiritual", porque nace del espíritu desde el polvo, es incorruptible, y se sostiene por el ruach, o espíritu, independientemente del neshemeh, o aire atmosférico. "Lo que es nacido de la carne", en el sentido corriente de la palabra, "carne es", o cuerpo de animal; y "lo que es nacido del espíritu, por una resurrección a la vida, "espíritu es", o cuerpo espiritual (Juan 3:6). De ahí que, al hablar de Jesús, dice Pablo: "Del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos" (Romanos 1:3, 4). De este modo, nació del espíritu, y, por lo tanto, llegó a ser "un espíritu", y, siendo altamente exaltado, y poseyendo un nombre que está por sobre cada nombre (Filipenses 2:9-11), se le llama "el Señor, el Espíritu". Que el cuerpo espiritual es independiente del aire atmosférico para su sostenimiento queda claro por la ascensión del Señor Jesús. Un cuerpo animal sólo puede existir en el agua, o en el aire atmosférico, y a una altitud comparativamente baja desde la superficie de la tierra. Ahora bien, el aire no se extiende más allá de cuarenta y cinco millas [setenta y dos kilómetros]; en consecuencia, más allá de ese límite, si incluso pudieran llegar hasta ahí, las criaturas que se sostienen por la respiración por la nariz no podrían vivir más de lo que el pez en el aire. Más allá de nuestra atmósfera está el éter; por el cual sólo pueden pasar aquellos que, como el Señor Jesús y los ángeles, poseen una naturaleza adaptada a ese elemento. Éste es el caso de la naturaleza espiritual. Jesús fue transformado en un espíritu, y, por lo tanto, facultado para pasar a través del éter hacia la diestra de la Majestad en los cielos. Enoc, Elías y Moisés son también un ejemplo ilustrativo. El cuerpo espiritual está constituido de carne y huesos vitalizados por el espíritu. Esto se evidencia por el testimonio referente a Jesús. En cierta ocasión, él se presentó inesperadamente en medio de su discípulos, ante lo cual ellos quedaron sumamente alarmados, suponiendo que estaban viendo un espíritu, o fantasma, como en un tiempo anterior. Pero, para que estuvieran confiados de que él era realmente él mismo, los invitó a que lo palparan y examinaran sus manos y pies: "Porque", dijo él, "un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo". Incrédulos de gozo, él les dio otra prueba comiendo un trozo de pescado asado y un poco de miel (Lucas 24:36-43). Tomás metió su mano en su costado, y quedó convencido que era el mismo que había sido crucificado (Juan 20:27). ¿Qué mayor prueba podemos necesitar de la naturaleza sólida y tangible del cuerpo espiritual? Es el cuerpo animal purificado, no evaporado en gases o en vapor. Es un cuerpo sin sangre; porque en el caso de Jesús él había derramado su sangre en la cruz. La vida de un cuerpo animal está en la sangre; pero no es así en un cuerpo espiritual: la vida de éste reside en ese magnífico poder por el cual "cuelga la tierra sobre la nada", y se halla difundido por la inmensidad del espacio. Cuando el Señor Jesús dijo: "Un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo", él no quiso decir que un cuerpo espiritual no los tiene; sino que un espíritu como el que ellos pensaban que estaban viendo. "Ellos pensaban que habían visto un espíritu". En el Texto Recibido se usa aquí la misma palabra, pneuma, que se usa en el texto que habla de Jesús como" el Señor el espíritu"; pero, evidentemente, no en el mismo sentido. Ciertamente, la lectura en la edición de Griesbach del texto original es claramente la correcta. La palabra vertida como espíritu es naturalmente un fantasma o una simple ilusión óptica; y no un espíritu. Cuando Jesús anduvo sobre el mar tanto Mateo (14:26) como Marcos (6:49) usaron la misma frase que usó Lucas, y dicen que cuando los discípulos lo vieron "pensaron que era un fantasma, y gritaron" de temor. En ambos casos, la palabra es phantasma, y no pneuma. Habiendo afirmado que el hombre se halla relacionado a dos clases de cuerpo, el apóstol nos da a entender que en los planes de Dios el sistema espiritual de cosas se ha elaborado a partir de lo animal, y no lo animal a partir de lo espiritual. El mundo natural es la materia prima, por decirlo así, de lo espiritual; los ladrillos y la argamasa, por decirlo así, de la mansión que ha de perdurar para siempre. En relación con la naturaleza humana, se presentan dos hombres como sus representantes en las dos fases que ha de asumir. Pablo los llama "el primer Adán" y "el postrer Adán", o, "el primer hombre" y "el segundo hombre". Al primero lo denomina como "terrenal", porque vino de la tierra, y hacia allí vuelve; y al segundo, "que es el Señor, es del cielo"; porque no siendo "ya más conocido según la carne", se le espera que venga del cielo como el lugar de su manifestación final en "el cuerpo de su gloria". Y, dice Juan, "entonces seremos como él". Por lo tanto, si hemos tenido éxito en describir al Señor tal como es ahora, mientras se halla a la diestra de Dios; a saber, una persona viviente, poderosa, honorable e incorruptible, sólida y tangible, brillando como el sol, y capacitado para comer y beber, y para manifestar todo lo mental y otros fenómenos en perfección; si el lector puede asimilar semejante "imagen del Dios invisible", él puede entender lo que han de ser los que sean considerados dignos de heredar su reino. Por lo tanto, dice Pablo, "y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial" (1 Corintios 15:49), o, Señor del cielo. Este cambio corporal de aquellos que primeramente han sido "renovados hasta el conocimiento pleno, conforme a la imagen del que los creó" (Colosenses 3:10) desde la "carne de pecado" hacia el espíritu, es una absoluta necesidad antes de que puedan heredar el reino de Dios. Cuando lleguemos a entender la naturaleza de este reino, el cual tiene que mostrarse en estas páginas, veremos que es una necesidad de la cual no se puede prescindir. "Ni la corrupción hereda la incorrupción", dice el apóstol. Esta es la razón por qué los hombres naturales deben morir, o ser transformados. Nuestra naturaleza animal es corruptible; pero el reino de Dios es indestructible, como lo testifica el profeta al decir: "No será jamás destruido ni será dejado el reino a otro pueblo... sino que permanecerá para siempre" (Daniel 2:44 Versión Rey Santiago). Por lo tanto, a causa de la naturaleza de este reino, "carne y sangre no pueden heredar[lo]"; y de ahí la necesidad de que un hombre sea "nacido del espíritu", o "no puede entrar en el reino de Dios" (Juan 3:5-6). Debe ser "transformado en espíritu", vestirse de incorruptibilidad e inmortalidad de cuerpo, o será físicamente incapaz de retener la honra, gloria y poder del reino para siempre, ni siquiera por mil años. Pero, antes de que el apóstol concluya su interesante exposición sobre "la clase de cuerpo con que saldrán los muertos", él da a conocer un secreto que previamente había sido ocultado a los discípulos de Corinto. Probablemente se les debe haber ocurrido que si carne y sangre no podían heredar el reino de Dios, entonces aquellos que estuviesen viviendo en la época de su establecimiento, siendo hombres de carne, no podrían formar parte de él. Para eliminar esta dificultad, el apóstol escribió, diciendo: "He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos [morir, estar muerto], pero todos seremos transformados en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, al sonar la trompeta final; porque se tocará [la séptima -- Apocalipsis 11:15, 18; 15:8; 20:4] trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles [iguales a los ángeles -- Lucas 20:36], y nosotros seremos transformados [en espíritu]. Porque es menester que esto corruptible [el cuerpo] se haya vestido de corrupción, y esto mortal [el cuerpo] se vista de inmortalidad... Entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria [Isaías 25:8]" (1 Corintios 15:51-54). Pero, para que los santos no fuesen a entender equivocadamente el asunto, especialmente aquellos que puedan ser contemporáneos con el período de la séptima trompeta, él dio más datos sobre el secreto en otra carta. Los discípulos de Tesalónica estaban profundamente apenados por la pérdida de algunos de su congregación que habían dormido en la muerte; probablemente víctimas de la persecución. El apóstol escribió para consolarlos "para que no os entristezcáis como los otros [es decir, los incrédulos] que no tienen esperanza. Por que si [nosotros, los discípulos] creemos que Jesús murió y resucitó", no seáis como aquellos que diciendo "no hay resurrección de los muertos", en efecto la niegan; "así también", como él resucitó, "traerá [sacará o producirá] Dios con Jesús a los que durmieron en él" (1 Tesalonicenses 4:13-18). Entonces él procede a mostrar el "orden" (1 Corintios 15:23) en que los santos son transformados en espíritu, o inmortalizados, por el Hijo del Hombre (Juan 5:21, 25, 26, 28, 29). "Por lo cual", dice él, "os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán PRIMERO. Luego nosotros, los que vivamos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por lo tanto, consolaos los unos a los otros con estas palabras" (1 Tesalonicenses 4:13-18). Se verá por esto, que los sobrevivientes de los muertos no recibieron consuelo en la primera época del cristianismo por la pérdida de sus amigos como lo reciben ahora de parte de aquellos que "suavizan la muerte" de los influyentes que hay entre ellos. En los "sermones fúnebres", el "alma inmortal" de los fallecidos es transportada "sobre alas de ángeles al cielo", y a los que les sobreviven se les consuela con la garantía de que sus seres queridos están cantando alabanzas a Dios alrededor del trono; regocijándose con Abraham y los profetas, con los santos y mártires, y con Jesús y sus apóstoles en el reino de Dios; y ellos mismos se convencen de que las almas de sus parientes, convertidos ahora en ángeles, los están cuidando y orando por ellos; y que cuando mueran, sus propias almas se reunirán con la de ellos en reinos de éxtasis. ¿Necesito acaso decir al hombre ilustrado en la palabra, que no hay semejante consuelo como éste en la ley y testimonio de Dios? Tales tradiciones son estrictamente mitológicas; y provienen del dogma nicolaíta sobre la salvación de "fantasmas y duendes condenados", que ha extirpado como un cáncer a "la verdad que está en Jesús". No, los apóstoles no hacían esperar a los hombres hasta el día de su muerte, y sus consecuencias inmediatas, para ofrecer consuelo; ni administraban los consuelos del evangelio a ninguno que no lo haya obedecido; ellos ofrecían consuelo sólo a los discípulos; porque sólo ellos son los herederos con Jesús del reino de Dios. Ellos enseñaban a éstos a esperar la venida de Cristo, y la resurrección, como el tiempo en que se reunirán con sus hermanos en la fe. En la muerte, ellos "descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen"; y "la segunda vez, sin pecado, aparecerá para salvar a los que le esperan" (Hebreos 9:28). Tales fueron las "palabras" prácticas e inteligibles con las cuales los apóstoles consolaron a sus hermanos; pero palabras que han llegado a ser selladas y cabalísticas, tanto para los indoctos como para "los sabios". En conclusión, entonces, en lo que al poder concierne, Dios pudo haber creado todas las cosas sobre una base espiritual o incorruptible de una sola vez. El globo terráqueo pudo haber estado lleno de hombres y mujeres iguales a los ángeles en naturaleza, poder e intelecto en el sexto día; pero el mundo habría quedado sin historia, y su población sin carácter. Sin embargo, esto no habría sido conforme al plan. Lo animal debe preceder a lo espiritual, así como la bellota va antes que el roble. Esto explicará muchas dificultades que crean los sistemas; y las cuales permanecerán para siempre inexplicables debido a las hipótesis que ellos inventan. La Biblia tiene que ver con cosas, no con imaginaciones; con cuerpos, no con fantasmagoría; con "almas vivientes" de toda especie; con seres corpóreos de otros mundos; y con hombres incorruptibles y imperecederos; pero con relación a tales "almas" que los hombres pretenden "curar", es tan muda como la muerte, y silenciosa como el sepulcro, no teniendo nada que decir en absoluto respecto a eso, excepto repudiarlas como parte de esas "filosofías y vanas sutilezas" (Colosenses 2:8), "la cual profesando algunos, se han desviado de la fe" (1 Timoteo 6:21). LA FORMACIóN DE LA MUJER
("La mujer [procede] del varón") Adán, habiendo sido formado a la imagen y semejanza de los Elohim en el sexto día, por un breve tiempo permaneció solo en medio de las criaturas terrestres del campo. No tenía compañera que pudiera corresponder a su inteligencia; nadie que pudiera atender a sus necesidades, o regocijarse con él por las delicias de la creación, y que refleje la gloria de su naturaleza. Los Elohim son una sociedad, que se regocijan por el amor y el apego del uno por el otro; y Adán, siendo como ellos, aunque de naturaleza inferior, requería a alguien que estuviese facultada para descubrir las semejanzas latentes de su similitud con las de ellos. No era bueno tanto para el hombre como para ellos que él estuviera solo. Formado a la imagen de ellos, él tenía sentimientos sociales además de facultades intelectuales y morales, que requerían una esfera de acción para su ejercicio práctico y armonioso. Una sociedad puramente intelectual y abstractamente moral, no moderada por la vida doméstica, es un estado imperfecto. Puede ser muy ilustrado, muy dignificado e inmaculado. Un ser podría saber todas las cosas, y podría observar escrupulosamente la ley divina por un sentido del deber. Pero algo más se requiere para hacerlo afable y amado, ya sea por Dios o por sus compañeros. Los sentimientos sociales lo facultan para desarrollar esta afabilidad, los cuales, sin embargo, si no se proveen de un objetivo adecuado, o de un sano entusiasmo, reaccionan sobre él de manera desfavorable, y lo hacen desagradable. Muy consciente de esto, Yahvéh Elohim dijo: "No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él" (Génesis 2:18). Pero previo a la formación de esta ayuda, Dios mandó que "toda alma viviente" (kol nephesh chayiah) se presentara ante Adán para que les pusiera nombre. Él vio que cada uno tenía su pareja; "mas para Adán no se halló ayuda que fuese idónea para él". Por lo tanto, era necesario formar una, la última y más bella de las hechuras de sus manos. El Señor había creado al hombre a su propia "imagen y gloria"; pero todavía tenía que subdividirlo en dos; una división negativa y una positiva, macho y hembra, pero una sola carne. Los negativos, o hembras, de todas las otras especies de animales, fueron formadas de la tierra; (v. 19) y no del costado de su macho positivo. Así que el león no podía decir de la leona: "Ésta es hueso de mis huesos, y carne de mi carne; por lo tanto, dejará el león a su padre y se allegará a su leona para siempre". Las criaturas inferiores no se hallan bajo semejante ley como ésta; como primarios, ciertamente, la tierra es su madre común, y el Señor, el "Dios de los espíritus de toda carne". Ellos no tienen un segundo yo; los sexos fueron desde el principio tomados directamente de la tierra; la hembra no fue hecha del macho, aunque el mach o procede de ella; por lo tanto, no hay una base natural para que tengan una ley social o doméstica. Pero en la formación de una compañera para el primer hombre, Yahvéh Elohim la creó sobre un principio diferente. Ella había de ser una criatura dependiente; y había de establecerse una simpatía entre ellos, por lo cual deberían sentirse unidos inseparablemente. Por lo tanto, no habría sido apropiado haberle dado a ella un origen independiente del polvo de la tierra. Si éste hubiese sido el caso, se habría producido la misma clase de apego entre los hombres y las mujeres que subsiste entre las criaturas inferiores a ellos. El compañerismo de la mujer tenía por objeto ser intelectual y moralmente comprensivo con "la imagen y gloria de Dios", a quien ella había de respetar como su superior. La simpatía de las mutuamente independientes criaturas del campo es puramente sensual; y en proporción como las generaciones del género humano que pierden su semejanza intelectual y moral con los Elohim, y caen bajo el dominio de la sensualidad; así también la simpatía entre hombres y mujeres se evapora transformándose en simple animalismo. Pero, digo yo, tan degenerado resultado como éste no era el propósito de haberla formado a ella. Simplemente ella había de ser no sólo "la madre de todos los vivientes", sino que había de reflejar la gloria del hombre así como él reflejaba la gloria de Dios. Para dar existencia a semejante criatura, era necesario que fuese formada del hombre. Esta necesidad se halla en la ley que impregna a la carne. Si el miembro más débil del cuerpo sufre, todos los otros miembros sufren con él; es decir, el dolor, incluso en el dedo meñique, producirá malestar en todo el sistema. El hueso simpatiza con el hueso, y la carne con la carne, en todo sentimiento placenteros, saludable y doloroso. De ahí que separar una porción de la sustancia viva de Adán, y con ella formar una mujer, sería transferirle las simpatías de la naturaleza de Adán; y aunque por su organización, capaz de mantener una existencia independiente, ella nunca perdería de su naturaleza una simpatía con la de él, en todas sus manifestaciones intelectuales, morales y físicas. Según esta ley natural, entonces, Yahvéh Elohim hizo a la mujer a la semejanza del hombre, a partir de la sustancia de él. Él podría haberla formado del cuerpo de él antes de que él llegara a ser un alma viviente; pero esto habría ido en contra de la ley de simpatía, porque en una materia inanimada no hay simpatía mental. Por lo tanto, ella debía ser formada de los huesos y carne vivos del hombre. Hacer esto significaba infligir dolor; porque extirpar una porción de carne h abría creado las mismas sensaciones en Adán como en cualquiera de su posteridad. Par evitar semejante causa de dolor, Yahvéh Elohim hizo caer un sueño profundo sobre Adán, y éste se quedó dormido". Mientras se hallaba de este modo inconsciente de lo que estaba sucediendo, y perfectamente insensible a toda impresión corpórea, Yahvéh "tomó una de sus costillas y cerró la carne en su lugar". Ésta era una operación delicada; y consistía en separar la costilla del esternón y la columna vertebral. Pero nada es demasiado difícil para Dios. Aún faltaba que se efectuara la parte más maravillosa de la obra. La temblorosa costilla con sus nervios y vasos, tenía que ser incrementada en magnitud, y formada en una figura humana capaz de reflejar la gloria del hombre. Esto había de efectuarse pronto, porque, en el sexto día, "varón y hembra los creó", y "de la costilla que Yahvéh Dios tomó del hombre, hizo una mujer y la trajo al hombre". Y "los bendijo Dios y les dijo Dios: Fructificad y multiplicaos; y henchid la tierra y sojuzgadla; y tened dominio sobre los peces del mar, y sobre la aves de los cielos y sobre todas las bestias que se mueven sobre la tierra". Creyendo esta porción del testimonio de Dios, ¿necesita nuestra fe tambalearse ante la resurrección del cuerpo del poco de polvo que queda después de total reducción? Seguramente el Señor Jesucristo, por el mismo poder que fue usado para formar a la mujer de una costilla, aumentó unos pocos panes y peces a doce canastas de fragmentos, después de que cinco mil fueron alimentados y satisfechos, él puede crear multitudes de hombres inmortales a partir de unas pocas proporciones del yo original de ellos; y tan capaces de reasumir su identidad individual como lo fue la costilla de Adán para reflejar su similitud mental y física. Sólo la incredulidad ciega requiere la continuación de alguna clase de existencia para preservar la identidad del hombre resucitado con su yo original. La fe confía en la capacidad de Dios para hacer lo que él ha prometido, aunque el creyente no tiene el conocimiento de cómo el Creador lo ha de llevar a cabo. Creyendo los prodigios del pasado, "tampoco dudó, por in credulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios" (Romanos 4:20). El testimonio de Moisés respecto a la formación de la mujer trae a luz un fenómeno muy interesante, que ya ha quedado ampliamente demostrado que es el resultado de una ley natural. Esto es, que el hombre puede quedar insensible al dolor si se le coloca en un sueño profundo. Yahvéh Elohim hizo uso de esta ley, y sometió a su aplicación al hombre que él había hecho; y el hombre, debido a que es a semejanza de Dios, también puede influir en sus prójimos de la misma manera. El arte de aplicar la ley se conoce por diversos nombres, y puede practicarse de variadas formas. El nombre no altera el objeto. La costilla de un hombre podría extraerse ahora con tan poca dificultad como lo experimentó Adán, por medio de inducirlo a un profundo sueño, lo cual en numerosos casos se puede efectuar sin problemas; pero nuestra capacidad de imitación cesa ahí. Nosotros no podríamos formar una mujer a partir de una costilla. Sin embargo, prodigios mayores que éste hará el hombre más adelante; porque por "Jesucristo hombre" su esposa será creada del polvo, a su propia imagen, "a la gloria de Dios, por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén". Cuando Yahvéh Dios presentó la recién formada criatura a su carne matriz, Adán dijo: "Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada varona [Ishah, por 'hombre exterior'], porque del varón [Ish] fue tomada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne" (Génesis 2:21-24). Fue así como Adán pronunció sobre sí mismo la sentencia que los había de atar juntos para bien o para mal, hasta que la muerte disuelva la unión y los libere para siempre. Esto era el matrimonio. Estaba basado en el extraordinario hecho de que ella fue formada del hombre; y consistía en que Adán la tomaba para sí por el libre consentimiento de ella. No hubo una ceremonia religiosa para santificar la institución; porque Yahvéh mismo incluso se abstuvo de pronunciarse sobre la unión. Ninguna ceremonia humana puede hacer al matrimonio más santo de lo que es en el orden natural de las cosas. La superstición lo ha convertido en "un sacramento", y de manera bastante contradictoria, aunque era "un santo sacramento", lo negaba a los sacerdotes mismos que ella había designado para que lo administraran. Pero los sacerdotes y la superstición no tienen derecho a entrometerse en el asunto; ellos sólo perturban la armonía y destruyen la belleza del orden de Dios. Una declaración en presencia de Yahvéh Elohim y el consentimiento de la mujer, antes de que se instituyera la religión, es el único ceremonial de que se tenga registro sobre este tema. Éste, creo yo, es el orden de cosas entre "los Amigos" [los Cuáqueros], o algo así; y si todas sus peculiaridades fueran tan acorde con las Escrituras como ésta, habría poca causa de queja contra ellos. "El varón", dice Pablo, "es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón"; y la razón que él le atribuye es porque "el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón" (1 Corintios 11:7-9). Ella no fue formada a la imagen del hombre, aunque puede haber sido a la imagen de algunos de los Elohim. El término "hombre" es genérico de ambos sexos. Por lo tanto, cuando los Elohim dijeron: Hagamos al hombre a nuestra imagen", y luego se agrega: "Varón y hembra los creó", parecería que tanto el hombre como la mujer fueron creados a la imagen y semejanza de los Elohim. En este caso, algunos de los Elohim están representados en la forma de Adán, y algunos en la de Eva. No veo ninguna razón de por qué no debería ser así. Cuando el género humano se levante de los muertos, sin duda llegarán a ser hombres y mujeres inmortales; y entonces, dice Jesús: "Son iguales a los ángeles"; en una igualdad con ellos en todo aspecto. Sólo Adán fue a la imagen de aquel que lo creó; pero por otro lado, los Elohim que ejecutan los mandamientos del Dios invisible, son la porción viril de su comunidad; Eva no fue a la imagen de ellos. La de ellos se limitó sólo a Adán; no obstante, ella fue a la imagen y semejanza de algunos de aquellos que se hallaban comprendidos en el pronombre "nuestra". Sea como fuere, aunque no a la imagen, ella fue a la semejanza de Adán; y ambos "buenos en gran manera" conforme a la naturaleza un poco menor que los ángeles que ellos poseían. UN GRAN MISTERIO ("Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos"). Al escribir a los discípulos de Efeso, el apóstol ilustró la sumisión debida de las esposas a sus maridos por medio de la obediencia que la comunidad de los fieles en sus días daba a Cristo. "Como la ecclesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo". Esto era un mandato de absoluta sumisión a su esposo cristiano como al Señor mismo; porque "el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la ecclesia". Pero aunque él ordena esta obediencia incondicional, él exhorta a su esposo a retribuirle a ella la debida benevolencia, a no tratarla con resentimiento, sino a amarla "así como Cristo amó a la ecclesia, y se entregó a sí mismo por ella". Sin embargo, si la esposa fuera desobediente y terca, y opta por separarse, "sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso" (1 Corintios 7:15). Son como los que no se somete a Cristo. El amor que debería subsistir entre hermanos y hermanas cristianos en el estado matrimonial es como el que Cristo manifestó por la ecclesia por anticipación. "Nosotros... siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros", dice el apóstol (Romanos 5:6, 8). Posiblemente, éste es el mayor amor que un hombre puede mostrar, que él tuviera que morir por sus enemigos; y ésta es la clase de amor que Pablo (que por cierto nunca fue juzgado por una esposa pendenciera) recomienda a la atención de los efesios, aunque siempre sobre la suposición de que el adorno de las esposas fuese "el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible que es de grande estima delante de Dios. Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza" (1 Pedro 3:3-6). Cuando ya hubo presentado el tema del amor y obediencia matrimonial, y ya había aducido el amor de Cristo por todos ellos como su ecclesia, a modo de ilustración, él procede a mostrar el motivo por el cual los amaba incluso hasta la muerte; la relación que subsiguientemente se estableció entre ellos, y el sacrificio que deberían hacer con sumo gusto por él, el cual los había amado tan devotamente. Su propósito al darse por la ecclesia antes de que fuera formada, fue que aquellos que después habrían de formar parte de ella "para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de", en la resurrección, "presentársela a sí mismo, una ecclesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha". "Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado" (Juan 15:3). Esta palabra, que ha sido definida como "la ley y el testimonio" (Isaías 8:20), es el gran instrumento de santidad y purificación. Cambia la mente de los hombres, elimina su apego a las cosas terrenales; hace que ellos coloquen su afecto en cosas de lo alto; crea un espíritu nuevo y correcto dentro de ellos, difunde el amor de Dios en cada parte del corazón de ellos; los separa de los pecadores; los conduce hacia Cristo; y desarrolla en su vida fruto característico de ese arrepentimiento del cual no es necesario arrepentirse. El Señor Jesús lo denomina "la palabra del reino" (Mateo 13:19), y Pedro, la "simiente incorruptible" (1 Pedro 1:23); y Pablo, "la palabra verdadera del evangelio" (Colosenses 1:5); y Juan, "la simiente de Dios" (1 Juan 3:9); y Santiago la denomina "la palabra de verdad" (Santiago 1:18), por medio de la cual el invariable e inquebrantable Padre de las Luces engendra a sus hijos, para que sean "primicias de sus criaturas". Es por esta palabra que una persona es renovada o restaurada; a fin de, en un sentido moral e intelectual, llegar a ser un "nuevo hombre", como se desprende por lo que dice el apóstol a los hermanos de Colosas: "Habiéndoos... revestido del nuevo [hombre], el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno". Esta renovación afecta el espíritu de la mente (Efesios 4:23, 24), lo cual se puede saber que está restaurado por un hombre que se ha apartado de su natural predisposición a los "deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida" para ir a la "justicia y verdadera santidad". Cuando se renueva la disposición mental llamada "el corazón", se convierte en un espejo, por decirlo así, en el cual uno experimentado en la palabra del reino, puede discernir el espíritu u observar un reflejo de la Naturaleza Divina. Esta imagen de Dios en el carácter de un hombre sólo la puede crear la palabra de Verdad del evangelio del reino. Un hombre puede ser muy "piadoso" según el estándar de piedad establecido y aprobado por sus semejantes; pero si él desconoce los elementos renovadores; si él tampoco conoce ni entiende, y por consiguiente, y necesariamente, no tiene fe en la ley y el testimonio de Dios, "no hay luz en él". Está caminando por un sendero ficticio, "en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón" (Efesios 4:18). más material para venir |